lunes, 16 de noviembre de 2015

¿SOY CRISTIANA DE VERDAD?



¿Cuánto daño hacemos a nuestra prójima, con nuestro testimonio de vida al fingir amar a Dios?
¿Cuánto daños hacemos al decir que somos cristianas y arrebatamos el amor de nuestra prójima en el nombre de Dios?
¿Cuánto daño cometemos a nuestra hermana, cuando imponemos un evangelio que aún no ha hecho eco en nuestra propia vida?
¿Cuánto daño hacemos al decir que soy cristiana que doy ejemplo de ello, y a puerta cerrada, fornico, adultero, engaño, hago sufrir a otras para ser feliz yo?
¿Cuánto daño hacemos, al fingir un estilo de vida en DIOS frente a todos y detrás de ellos, una intimidad llena de deseos, engaños, y calvario para otros con mí actuar?
¿Cómo podemos decir que lo hemos pedido en oraciones y hemos esperado en él, si hemos arruinado vida de alguien y hemos hecho infeliz a nuestra prójima?
¿Cómo decir te amo, si no me importa causar sufrimiento a mi prójima?
¿Cómo decir, te amo Dios, te amo amor, si detrás estamos seduciendo a muchos o a muchas más?
¿Cómo decir  a Dios no le agrada lo que haces, si en nuestra vida conocemos que nuestros pecados son más graves que los de mi prójima?
¿Cómo exigimos fidelidad y respuesta inmediata a Dios, si no podemos ser fieles ni a nosotros mismos?



La mayoría de mujeres nos consideramos y decimos ser cristianas; pero en realidad no sabemos lo que ello significa o que responsabilidad conlleva. Otras dicen que “aman” a DIOS y por eso consideran propio el calificativo de “cristianas”, sin embargo, decir que se ama a Jesús no es el requisito más apropiado  a lo requerido para que alguien pueda ser considerado “cristiano”, según las sagradas escrituras: Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado” (Juan 15:12), Dios nos manda a que nos amemos uno a otros, siguiendo el modelo original, es decir el amor que Dios nos mostró (EL MISMOS ES AMOR). Ama a los demás y con ayuda del espíritu de Dios tus palabras deberán ser edificantes (provechosas) para el beneficio de los demás según la ocasión de modo que sean un medio para bendecir a los que te buscan solicitando apoyo o desahogarse.(Efesios 4:29). Pero antes, tienes que convertirte, y te preguntas, ¿qué es conversión? La conversión es un cambio profundo de la mente y del corazón.

El que se convierte se da cuenta de que algo debe cambiar en su vida, porque Dios en su palabra nos hace un llamado a la conversión “se han cumplido los tiempos y se acerca el Reino de Dios; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Marcos 1, 15) desde un principio se advierte que hace falta una postura nueva de la mente para poder entender el mensaje de salvación.

Hago hincapié: La conversión es un cambio profundo de la mente y del corazón. El que se convierte se da cuenta de que algo debe cambiar en su vida, y se decide a cambiar. La conversión a Dios incluye apartar todo lo que aleje de Dios. Para ello debe Dios exige un primer y esencial paso: que se dé primero un arrepentimiento del pecado.

El pecado mortal hunde sus raíces en la mala disposición del amor y del corazón del hombre, se sitúa en una actitud de egoísmo y cerrazón, se proyecta en una vida construida al margen de los mandamientos de Dios. El pecado mortal supone un fallo en lo fundamental de la existencia cristiana y excluye del Reino de Dios. Este fallo puede expresarse en situaciones, en actitudes o en actos concretos dichos actos son los que permitieron las interrogantes para iniciar estos pensamientos.

La conversión es dejar de hacer lo que nos gusta, lo que nos atrae, lo que nos esclaviza y que muchas veces nos gusta pero que no nos trae nada bueno. Es escuchar a Dios con el corazón y hacer que la mente actúe de acuerdo al El. Aquí, centremos donde se ubica el verdadero cristiano que al convertirse experimenta el amor verdadero de Dios para nosotros y no es capaz de dañar, lastimar a su prójimo, porque sabe que va en contra de lo que Dios, solicita y exige de sus hijos.


Por: Ada Sofia Nuila